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Inmigración, Tratados de libre comercio y Diversidad de EEUU

  • 8 ago 2016
  • 6 Min. de lectura

El origen de Estados Unidos, como pueblo y como nación, no puede explicarse al margen de la inmigración o del fenómeno de la inmigración. Tanto así que se puede establecer la ecuación de que Estados Unidos es igual a la inmigración.

Los primeros contactos con el territorio de lo que sería Estados Unidos están ligados a los aventureros y primigenios viajes de los vikingos, hombres del norte de Europa, que se dedicaban al saqueo y al pillaje. Pero fue Inglaterra la que conquistó y colonizó el territorio, formando trece colonias que estuvieron en la base de la constitución de Estados Unidos. Esas colonias se poblaron con las masivas expediciones de anglosajones que se aposentaron en esos territorios del norte de América, quienes templaron, probaron y desarrollaron sus habilidades y aptitudes empresariales.

La inmigración es algo así como la savia que ha alimentado y sostenido en el tiempo el desarrollo de la sociedad estadounidense.

La inmigración ha sido parte fundamental, intrínseca, esencial e imprescindible de la solución histórica o del desarrollo histórico de la sociedad estadounidense. Claro, aún así ese desarrollo de Estados Unidos no hubiera sido posible sin el desigual desarrollo del capitalismo a nivel internacional y sin la utilización de la guerra como mecanismo de dominación.

Los valores, tradiciones, cultura, fundamentos y diversidad de la sociedad del Norte no han podido ser al margen de la inmigración.

La inmigración comportó la llegada de blancos, pero también el arribo de negros, y su nodal participación en la construcción de una sociedad escindida visceralmente desde el principio por el fenómeno de la esclavitud del negro.

El nervio intelectual decisivo en la formación de Estados Unidos como pueblo, como república, como potencia y como imperio ha sido aportado por la masa de inmigrantes.

Si se hurga en los orígenes de Donald Trump, y de cualesquiera otros, políticos y no políticos, veremos que los ancestros de ellos están en esa masa de inmigrantes, la que sin lugar a dudas ha convertido a esa nación en el país más diverso y más cosmopolita del mundo en el agitado y enrevesado trayecto de la historia.

Luego, ¿de dónde saca Donald Trump que la inmigración es un gravísimo problema, a tal punto que ha llegado a degradar la grandeza de Estados Unidos?

Todo Estado tiene el pleno de derecho de ejercer su soberanía en materia migratoria, a regularla y controlarla incluso, pero sería funesto en el caso de Estados Unidos evitar la inmigración, porque iría contra natura o, mejor dicho, contra sus propias esencias o contra el leitmotiv de su existencia como pueblo, como nación, como potencia y como imperio.

La inmigración desempeña y asume, en el caso de Estados Unidos, la misma función que asume la sangre en el organismo humano, sin ella no sería posible ni viable la existencia ni la vida.

Si ello es así, y ha sido y es así, la inmigración no atenta ni contamina la grandeza de Estados Unidos; antes al contrario, ella es el soporte y la base fundamental de sustentación de esa grandeza.

Y ello es así, además, porque la inmigración, en el caso de Estados Unidos, juega el papel de causa y efecto del desarrollo.

La inmigración provoca y genera ese desarrollo, pero al mismo tiempo ese desarrollo se convierte en el señuelo para que seres humanos de todos los países del mundo, sobre todo de los países subdesarrollados, quieran emigrar a Estados Unidos seducidos o atraídos por el espejismo del desarrollo.

Los inmigrantes indocumentados inciden también en ese proceso de desarrollo al ser utilizados también por las empresas, pagándoles sueldos de miseria, como mano de obra marginal o de ocasión, aprovechando precisamente su condición de indocumentados.

Lo cuestionable y paradójico de todo es que esa grandeza no ha sido utilizada por Estados Unidos, por los gobiernos que ha tenido esa nación, para incidir positivamente en la solución de los problemas económicos y sociales, existenciales y de vida a una parte importante de esa masa de inmigrantes.

¡El tan cacareado y altisonante sueño americano ha sido una verdadera utopía, un acariciado sueño y una acariciada y dorada expectativa que una parte de la masa de inmigrantes no ha podido alcanzar ni materializar, y por lo visto no podrá alcanzar nunca!

Barack Obama prometió “una reforma inmigratoria amplia” que se quedó en el tintero de las promesas electorales. Y por lo visto esas promesas electorales se hacen siempre para conseguir el voto de los inmigrantes y utilizarlos como a los pavos en navidad.

¡Al parecer republicanos y demócratas, demócratas y republicanos, tienen la misma dosis de insensibilidad frente al drama de la inmigración, pero, sobre todo, frente al infierno en que viven los inmigrantes indocumentados!

¡Hoy, entre 11 y 12 millones de inmigrantes de indocumentados viven el torturante drama de ser expulsados o botados inmisericordemente de Estados Unidos!

Otra cosa es que con los tratados de libre comercio que Estados Unidos ha suscrito, y suscribirá con otras naciones del mundo, persigue objetivos geopolíticos y geoestratégicos, y es prácticamente imposible que salga perdiendo en términos económicos, comerciales, políticos y estratégicos como consecuencia de la firma e implementación de los mismos.

En el proceso de ejecución del NFTA o TLC con México y Canadá, Estados Unidos no ha tenido pérdidas netas ni en el comercio ni en la política, porque el objetivo geopolítico y geoestratégico que Estados Unidos perseguía con ese tratado de libre comercio lo ha estado logrando, puesto que se ha reducido la inmigración de México a Estados Unidos.

Estados Unidos sigue siendo al día de hoy la economía más desarrollada de la tierra, y por el estado del conocimiento, de la tecnología, de la innovación y las capacidades de aprendizaje, lo que evidencia que hay en ese país una sociedad del conocimiento y del aprendizaje, esa nación sigue teniendo ventajas comparativas y competitivas dinámicas muy por encima de las que tiene México.

Lo mismo pasa con el tratado de libre comercio Estados Unidos con Centroamérica y República Dominicana. Lo lamentable de todo esto es que estos países han desgravado totalmente su comercio frente a Estados Unidos y le han abierto totalmente sus mercados internos.

Trump, Estados Unidos ni pierde ni ha perdido con esos tratados de libre comercio; antes al contrario, Estados Unidos es el gran beneficiario de esos tratados de libre comercio.

Por lo que al firmar y ejecutar esos tratados de libre comercio, Estados Unidos no ha perdido grandeza, y nunca, jamás, ha sido degradada como consecuencia de aquello, lo que se explica por las causales de la desigualdad en el intercambio internacional y mundial entre las potencias y las naciones pobres del mundo.

Por lo visto el errático discurso de Donald Trump tiene como soporte el vacío o motivos imaginarios e irreales. O sea que Trump ha construido su retórica a partir de una situación irreal, imaginaria o abstracta.

Otra cuestión es que la inmigración en Estados Unidos ha producido una sociedad muy diversa; sin embargo, esa diversidad no se expresa a nivel del sistema político-partidario.

En Estados Unidos el ciudadano está compelido y obligado de por vida a moverse en las muy angostas redes del bipartidismo político-partidario. En sentido general y estructural, o se es demócrata o se es republicano o te mantienes al margen del sistema político.

Todo indica que por mandato de la tradición y de la costumbre en Estados Unidos está legitimada la existencia de solo dos partidos políticos, lo que obviamente se traduce en una exclusión de las minorías y de sus derechos.

En Estados Unidos predomina un esquema de democracia restringida, no solo porque hay solo dos partidos políticos principales, sino porque las elecciones no las decide el voto popular o el voto de la población sino el llamado voto electoral.

Es una democracia política tan restringida en la que las minorías no pueden pasar a ser, en virtud de la dinámica social e histórica, mayorías en un determinado momento.

El proceso de construcción y control de la hegemonía de la mayoría en el estrecho marco del bipartidismo funciona como el péndulo de un reloj al pasar de un partido a otro, pudiendo ser detentada solo por el Partido Republicano o por el Partido Demócrata.

Se ve que la sociedad estadounidense está estructurada, conforme a la ideología del liberalismo y del pragmatismo dominante, para que el sistema político, rígidamente formateado, sirva como tamiz para reproducir el modelo económico y social sin grandes tropiezos.

El hecho de que un candidato independiente pueda surgir y participar en los debates presidenciales si cuenta por lo menos con el 15% de la preferencia del electorado, no invalida el planteamiento anterior. Tampoco lo invalida el hecho de que hoy hay la posibilidad de que el Partido Libertario y el Partido Verde (partidos estos que certifican su existencia en el introito de la presente campaña electoral), los dos con candidatos presidenciales, puedan participar en los debates presidenciales si en las encuestas logran el 15% de preferencia ya indicado.

Antes al contrario, esa situación es una situación de excepción que confirma mi planteamiento anterior con relación a la democracia restringida que hay en Estados Unidos y con relación al hecho también de que el sistema político-partidario no expresa la amplísima diversidad de etnias y de culturas que hay en la sociedad estadounidense.

En un sistema político presidencial o presidencialista como el estadounidense debería expresarse sin problema esa diversidad a nivel político-partidario. Sin embargo, no ocurre así.

Donde esa diversidad podría presentar problema, y al efecto lo está presentando actualmente, es en un país, como España por ejemplo, donde la hegemonía política se construye o se constituye a través del tamiz del sistema parlamentario.


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